miércoles, 16 de mayo de 2012

Ojalá todo fuera tan fácil

Parar únicamente unos instantes...

lunes, 14 de mayo de 2012

Éramos piedra sin saberlo


Hace mucho tiempo, como cada mañana, un alegre niño salió a jugar al parque. La escena siempre era preciosa; rebosante de energía y felicidad bajaba por el largo tobogán, se columpiaba intentando alcanzar las nubes con las puntas de sus zapatos y llenaba sus rodillas y codos de magulladuras.

Sin embargo, aquel día todo fue muy distinto. En uno de sus rutinarios juegos, cayó al suelo y se hizo más daño que nunca. Cojeando, fue como pudo a apoyarse en el muro que había frente a su lugar de diversión favorito. Poco a poco, se sentó en el suelo y, abrazado a sus dos pequeñas piernas, permaneció durante años.

Desde ahí veía a otros chiquillos jugar donde antes él lo hacía. Intentaba imitar las muecas de sus caras pero ya no podía, su piel empezaba a solidificarse. Además, con el tiempo el parque fue abandonándose a merced de la apatía de los ciudadanos hasta que pasó a ser el lugar preferido de los adolescentes para hacer botellón y demás actos vandálicos.

Al cabo de cinco inviernos, las nevadas ya habían decolorado completamente el tobogán. Las cadenas de las que pendían los columpios tampoco se quedaron atrás y, con soberanos bosques de herrumbre, chirriaban con cada soplo de viento. El cuerpo inerte del joven ya se mimetizaba por completo con el muro, no obstante sus ojos permanecían abiertos a la espera de nuevos acontecimientos.

 En ocasiones se sentía acompañado por las nuevas gentes que frecuentaban el lugar; prostitutas, vagabundos... todos ellos paseaban por la alfombra de suciedad, jeringuillas y cartones que poblaban el suelo, como si de una alfombra se tratara. A pesar de ello, nadie reparó en la forma extraña que rompía con la homogeneidad del muro.

Un día, los párpados de la estatua empezaron a decaer. Cada semana su franja de visión decrecía, amenazando con separar a lo que un día fue un niño del resquicio humano que aún permanecía vivo. Así fue procediendo hasta que, en el séptimo atardecer de septiembre, una mano teblorosa se posó en lo que en un pasado fue su mejilla derecha. La sangre empezó a fluir en su interior, y los tonos grises de su piel empezaron a cambiar.

 Tras años en aquella posición, levantó la cabeza y miró hacia el frente de nuevo. Había una persona ahí tendiéndole la mano que, sin saber por qué, le resultaba verdaderamente familiar. La piedra volvió a ser carne y de un salto, abrazó a la figura que, con ojos llenos de lágrimas por haberlo encontrado de nuevo, juró con su vida que jamás dejaría a su niño perderse en la frialdad de la roca, porque la vida sería más dura que cualquier muro que rodeara el parque de sus sueños.